EL PERIODISMO EN CHIAPAS

Este es una bitácora exclusivamente para textos relacionados con la historia del periodismo en Chiapas. Para exhibir los aciertos y desaciertos, dislates, cosas chuscas y otros detalles que reflejen la idiosincrasia del periodismo chiapaneco. Tantas cosas y situaciones que veo y leo que no quiero que se pierdan en el tiempo, quiero documentarlo y compartirlo. Advierto que para nada pretendo congratularme u ofender a persona alguna.

domingo, septiembre 23, 2007

André Aubry (1927-2007), Homenaje...


Si bien don André Michell Aubry Mea (Francia, 1927/México, 2007) -Andrés Aubry para sus amigos-, no fue un periodista en toda la extensión de la palabra, si hizo periodismo como colaborador de algunos medios impresos como “Tiempo” de don Amado Avendaño Figueroa en San Cristóbal de Las Casas y el rotativo nacional La Jornada.

Como un homenaje a su vida y obra quiero compartir con todos ustedes, este discurso de don Aubry cuando recibió el Premio Chiapas 2001.

Gracias al miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, el doctor Carlos Antonio Aguirre Rojas, por compartir este material.

PD: Quienes no conocieron la vida y obra de don Andrés Aubry, los invito a que lo conozcan y verán que fue un extranjero más chiapaneco que muchos que dicen serlo. El fue chiapaneco por elección no por nacimiento, y eso pesa más.

Estimado Isain:
Te envío el texto prometido de Andrés Aubry.
Es el texto del discurso que dio cuando, en 2001, recibió el Premio Chiapas.

Apareció en el numero 4 de nuestra revista Contrahistorias, La otra mirada de Clío, de marzo de 2005, paginas. 103 - 106.
Un saludo cordial, y para cualquier otra cosa, seguimos en contacto.

Carlos Antonio AGUIRRE ROJAS.



LA EXPERIENCIA DE CHIAPAS Y LA DEMOCRACIA INTELECTUAL:
Testimonio de una práctica alternativa de las ciencias sociales
[1]



Andrés Aubry



Llegué de los Andes a Chiapas en 1973, año de la última inundación histórica de San Cristóbal de las Casas. Estas tres décadas son algo más de la mitad de mi vida profesional. De entrada, la catástrofe me enseñaba que Chiapas es un estado golpeado, por la naturaleza y por el olvido de los hombres. Lo único que sabía de Chiapas el taxista del D. F. que me llevó del aeropuerto a mi hospedaje, era lo que reflejaba la película de moda del momento: La Choca, es decir su calor inhóspito, sus mosquitos y culebras, y su violencia.
Ya instalado en la ciudad coleta, entonces no remozada ni depredada por ignorada todavía del turismo, me percaté de que Chiapas era un estado superestudiado. Una de las primeras personas que conocí fue la antropóloga y amiga Dolores Aramoni. Ella acababa de compilar una voluminosa bibliografía de un millar de títulos sobre la entidad. Ella y yo supimos después que había muchos más. Pero, para leer cualquiera de ellos, había que ir a consultarlo en la universidad de Austín o en la de Tulane, en la Biblioteca Bancroft de California, en la Nacional de París o en el British Museum de Londres. Empezaba a entender una cosa: el olvido de Chiapas se debía a que se lo había despojado de su memoria. Dolores, otros, yo, soñábamos con rescatarla, devolvérsela.
Así las cosas, dentro de las primerísimas actividades del INAREMAC (Instituto de Asesoría Antropológica para la Región Maya, A. C.) que apenas tomaba vuelo, se armaron dos instrumentos de rescate: nuestro Banco de Datos, y el Archivo Histórico Diocesano, hoy todavía muy concurridos ambos por consultantes de acá y acullá.
Habíamos atinado en identificar un lastre mayor, la pérdida de la memoria (ratificada, lo supimos después, por los indígenas quienes diagnosticaban esta grave carencia como el trauma colectivo del “libro robado”). Pero en seguida, nos percatábamos de que nuestro buen tino encerraba una contradicción: con todo y que Chiapas está asentado en un paraíso cultural (con sus ruinas mayas y sus bellezas mudéjares y barrocas por doquier), tenía entonces (y lo tiene todavía) el record nacional de analfabetismo y de incultura. Entonces, había algo siniestramente cómico en nuestros primeros logros: a gente que no sabía leer o que, cuando sabía, no leía, ofrecíamos pura lectura, puro papel. ¡Triste regalo!
Dos circunstancias nos ayudaron a superar la contradicción. En aquellos tiempos, la celebración del Congreso Indígena Fray Bartolomé de Las Casas de 1974 nos enseñó el vigor del pensamiento indígena; en sus cuatro idiomas principales sin una sola palabra en español, los indios identificaron sus problemas, los conceptualizaron, forjaron soluciones y formularon planes congruentes de acción. Seducidos por la intelectualidad de estos analfabetas, resolvimos elaborar una alfabetización en sus lenguas y armamos otro instrumento para que siguieran expresándose y creando cultura: nuestro Taller Tzotzil (que ahora cuenta con treinta publicaciones, primero en esa lengua y luego bilingües). La otra circunstancia del momento fue una innovación ajena: la apertura de las Mesas Redondas de Palenque cuyo principal logro ha sido el desciframiento de los jeroglíficos mayas. Este descubrimiento nos dinamizó: el mensaje nos convenció de que los indígenas de Chiapas son los inventores de la escritura y de las matemáticas en nuestro continente; no son, pues, analfabetas, sino desalfabetizados por siglos de imposición de sucesivos desgobiernos. El papel aunque sea de amate, el libro aunque sea códice, el texto aunque sea de piedra y en otros caracteres, era un patrimonio robado, añorado, susceptible de revivir aunque fuera en otra forma.
Este conjunto de percepciones imprevistas le prendieron el foco al joven INAREMAC; le abrió un camino insospechado. Había nacido como un instituto de la mal llamada antropología aplicada tal como reza su nombre. Según las normas de esta disciplina, pretendía ingénuamente “aplicar” a los indígenas los principios formulados por los antropólogos. Pero las evidencias detectadas en las circunstancias aquí relatadas nos convincieron de lo contrario. El problema no era la realidad indígena sino las posiciones de los indigenistas. Los principios, los tenían los indígenas; nada más había que desentrañarlos de sus prácticas, de su secular resistencia regulada por su organización. Entonces, revolcamos la tortilla antropológica: nos hicimos estudiantes, que no estudiosos, del indígena, sus alumnos pues, aplicando estos sus conocimientos a nuestra maltrecha disciplina. Ya no se trataba de aplicarle nuestra teoría antropológica, sino, al revés, de construir otra antropología, una antropología que procesara la experiencia indígena, que teorizara sus prácticas, que rescatara un saber distinto del nuestro, lo sistematizara y, eventualmente, lo dinamizara y fertilizara sacándolo de su exclusión por ser socialmente no legitimado, creando las condiciones de una reactivación de la memoria colectiva.
Pero los indígenas no dictan clases. La memoria indígena y sus ejes exigen ponerse en situación para tener acceso a ella. Se revela en pláticas camino de la milpa; o dentro de la parcela por su ciencia vegetalista, climática y sus dones de observación; o en la clínica alternativa en donde la meta principal no es la curación sino la gestión de la salud, es decir la prevención global de la enfermedad; o en la dinámica colectiva de sus organizaciones, por ejemplo en asambleas ejidales en las que se repetía, en sus mejores momentos, lo vivido en el Congreso Indígena de 1974.
Estos ejemplos ponen de manifiesto que la aproximación a esta nueva antropología es no solamente pluridisciplinaria sino transdisciplinaria: no una juxtaposición de disciplinas sino una aproximación al pensamiento complejo como lo dice Edgar Morin, violando las barreras disciplinarias para aprehender una realidad compleja en términos de Immanuel Wallerstein. El antropólogo, el historiador, el lingüista, el agrónomo, el médico trabajan el mismo problema, el mismo terreno, la misma realidad, pero cada quien con sus criterios, su vocabulario, sus prioridades. El conocimiento que surge de este concierto científico viene a ser algo como el fruto de una negociación entre disciplinas.
Pero hay un actor más, una disciplina más, la del saber popular que también tiene sus criterios, su vocabulario, su objeto propio, además de los recursos de su lengua que tiene otro registro semántico que la nuestra. No lo menciono como beneficiario de la sinfonía anterior, sino como otro interlocutor transdisciplinario, es decir como un instrumentista más en este concierto del conocimiento. ¿Acaso el indígena no es el inventor del cultivo del maíz, y de otros muchos que se exportaron a otros continentes? ¿Acaso no es el constructor de las pirámides, el urbanista de ciudades envidiables como Palenque o Yaxchilán, o quien hizo a San Cristóbal tan bella con sus fachadas y retablos barrocos? Ellos entraron en el mismo diálogo transdisciplinario, desde los andamios, con el historiador, la archivista, el arquitecto, los maestros de carpintería y albañería en las restauraciones que le tocaron al INAREMAC. Nuestra “antropología aplicada” fue una empresa modesta aunque ambiciosa de investigación acción.
En suma, el objetivo no era un apriori teórico o la comprobación de una hipótesis de científicos, sino las implacables necesidades de la realidad social en su complejidad, porque la verdadera producción de conocimiento se da al enfrentarla para transformarla. La única manera sana de investigar la realidad es resolverla transformándola como, en un laboratorio, es haciendo como se va conociendo.
Al convocar a todas las disciplinas involucradas, las doctas y las populares, se comprueba lo dicho por Fals Borda, “a causa popular, ciencia popular”. Popular no por popularizada, por ciencia rebajada, sino por apegada a imperativos populares, con actores populares porque el pueblo no ha esperado a los científicos para identificar sus problemas. Tan sólo tiene necesitad de los profesionistas como éstos tienen necesitad de disciplinas ajenas a las suyas, pero sin jerarquía porque todas valen. Entonces nace una democracia intelectual o, si se prefiere, una ciencia democratizada en la que todos tienen la palabra porque todos están interpelados por la misma realidad, la única que manda.
La socialización de nuestro trabajo vino a ser una tarea superflua: no necesitábamos divulgar puesto que lo que generó nuestro trabajo siempre fue un producto social: rescate de la memoria intelectual local en nuestro banco de datos chiapanecos, y del pensamiento campesino en nuestra colección tzotzil; un campo regenerado por la agroecología de sus parcelas productivas (no sólo de alimentos sino también de salud porque, al quitar el hambre, curan la patología de la pobreza –dentro de la cual están las enfermedades curables que matan); restauraciones de monumentos (es decir de mensajes plásticos de la memoria cultural) por su cotejo con documentos, y una vida prolongada de los manuscritos por su edición en 34 Boletines del Archivo: más de mil páginas de fuentes inéditas aunque relevantes, ofrecidas a la investigación histórica.
Nadie fue puro maestro porque todos hemos sido reactivadores de la memoria indígena en sus múltiples formas: escrita y oral, histórica, agrícola, arquitectónica, en la producción docta de los investigadores y en la producción intelectual oral de ejidatarios, deliberada, razonada, pregonada y multiplicada en asambleas y organizaciones populares. Fue para mi un privilegio ser colega y compañero de todos ellos.

*

Después de nuestra producción archivística, en 2001 nadie puede enseñar o escribir la historia de Chiapas como se lo hacía en 1973 (sea la política, la económica, la social o la artística). Destapada la memoria de Chiapas, apareció otra imagen de nuestra entidad. No es inútil contrastarla con las representaciones que se ha tenido del Estado en las tres últimas décadas.
El Chiapas de 1973 era tierra incógnita, la de La Choca y de mi taxista, costo socio-político del Chiapas posrevolucionario de los Mapaches.
Apenas terminada esta década en la cual se inició la mutación (que no un simple cambio) que transformó al estado con su petroleo y sus presas hidroeléctricas, Chiapas se había convertido en almacén energético y se había militarizado, con todo y crisis. La imagen de los 80 pues, fue la del gigante dormido, tal vez para consolarnos de los lastres de la década perdida; sin embargo era el desolador Chiapas de la masacre de Golonchán, de los inocentes de la cárcel de Cerro Hueco y de los indígenas de las Islas Marías, que pagaban el pato de la pobreza y de la lucha social.
En la década de los 90, la del TLC, se despertó el gigante pero no era aquél que supuestamente se perfilaba en la década anterior: en 1992, aniversario memorable de los 500 años, y luego en 1994, el gigante fue indígena. No lo era por su tamano cuantitativo puesto que asomó como el más pequeño de los pequeños, pero alcanzó un volumen gigantezco en lo cualitativo por el peso local, nacional y mundial que transformó la imagen de Chiapas en la caja de resonancia del país.
Aquí y en este momento estamos todavía. Lo que suena en dicha caja, no son la felicidad y la prosperidad, sino los problemas irresueltos. Con o sin los zapatistas, pese a los frenos de “la gobernación” como se decía en la jerga del Diálogo de San Andrés, los problemas que aquejan a Chiapas son los que hereda de los vicios nacionales.
Así que me permito desear que los aplausos de este feliz evento no aclamen pobres resultados sino que sean la señal de compromisos adquiridos para un gran tarea que nos convoca a todos.



[1] Este texto fue redactado por el autor en ocasión de la recepción del Premio Chiapas de Ciencias 2001, y fue leido en Tuxtla Gutiérrez, el 28 de noviembre de 2001. Contrahistorias agradece al Profesor Andrés Aubry su autorización para publicar este texto, el que recuperamos aquí para mostrar el impacto profundo que una realidad rica y compleja como la chiapaneca, puede tener sobre nuestros modos de concebir el trabajo de los antropólogos y de los cientificos sociales en general, sobre nuestras ideas en torno a como generar y desde donde el conocimiento de lo social humano, e incluso sobre la idea misma del estatuto de las ciencias sociales actuales, temas todos que consideramos cruciales para la construcción de una genuina perspectiva crítica en torno a los mas importantes debates contemporáneos.

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